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martes, 14 de mayo de 2013
Fadwa Tuqán: Amor y valor en la lucha.
FADWA
TUQÁN: AMOR Y VALOR EN LA LUCHA.

Fadwua Tuqán nació en
Nablús, Cisjordania, (Palestina) en 1914 en el seno de una familia de
intelectuales y políticos. Hermana del famoso poeta Ibrahim Tuqán al que
dedicará algunos de sus mejores poemas. Se educó en escuelas cristianas y ha
vivido casi siempre en su ciudad natal, en un ambiente impermeable a las
influencias exteriores, propiciado por la madre y las mujeres de la familia.
Su obra se caracteriza
por el activismo social y político en defensa de los derechos del pueblo
palestino. Ha publicado diversos libros de poemas: Sola con los días (1952); La
encontré (1957); Danos amor (1960), Ante la puerta cerrada (1967), El
comando y la tierra (1968); La noche
y los jinetes (1969); Sola en la
cumbre de este mundo (1074) y una encomiable biografía de su hermano, Mi hermano Ibrahim (1946). En todos
ellos podemos rastrear la maestría en el quehacer literario de una poetisa
pionera en la introducción del verso libre en la poesía árabe.
La poesía de Fadwa
surge como una exquisita muestra de sensibilidad femenina a la vez tradicional,
lirica e intimista. Descolla su voz en muchos momentos como un desgarro
apasionado teñido de anhelo y nostalgia. No por ello se inhibe de mostrar su
lado más frágil y transparente en los sentimientos de dolor que le produce la
tragedia que vive su patria y su pueblo. Fadwa agita la conciencia de todos con
una obra fecunda de indiscutible alcance épico y en numerosos pasajes heroico.
A partir de 1967 la
actividad poética de Fadwa se fija en la reivindicación de la libertad y la
justicia ante la tragedia que ha sufrido su patria cuando Israel arrasó la
aldea de Qibya y Nablus se pobló de refugiados que huían de la tierra
arrebatada por el ejército israelí. Es así como en su poema “Sueños del
recuerdo” en el que sueña con su hermano Ibrahim, muestra la desolación que ha
causado en su alma la expatriación de su propio pueblo:
[…]
Un rebaño apacible… el resto de mi pueblo
Éste,
expatriado… Aquél perseguido. […]
Versos impregnados de
nostalgia y desaliento en donde sufren tanto los refugiados en el interior de
Palestina como los que han tenido que marcharse y han perdido su hogar y su
patria. Un pueblo desmembrado que vive la tragedia de la desestructuración
familiar y social en su geografía y en su identidad nacional.
En este mismo poema nos
hacemos eco de la situación de humillante mendicidad a la que Israel ha avocado
al pueblo palestino, una realidad vejatoria que priva a sus compatriotas de los
mínimos resortes de dignidad personal y social:
[…]
Sumidos en la humillación de los esclavos,
tan
sólo al alimento ya aspiraban.
La
mano de su verdugo se lo daba, generosa,
para
anestesiarlos cada nueva mañana. […]
El poema continua
reflejando el sentimiento de fatalismo tan característico al pueblo árabe que
no deja de mostrarse imperturbable en la voz de Fawda:
[…]
“Has visto hermano, cómo acabado
la
causa? ¿Has visto el espantoso destino? […]
En “La llamada de la
tierra”, Fawda evoca la necesidad de recuperar las tierras y los hogares arrebatados
que los palestinos que viven en los campos de refugiados anhelan alcanzar un
día. Mediante una enumeración de
interrogaciones retóricas nuestra poetisa exhorta a su pueblo para que
reaccione ante la privación de los derechos elementales que está sufriendo:
¿Me
han usurpado mi tierra? ¿Me han privado de mis derechos,
Y
me voy a quedar aquí, uncido al exilio, humillado y desnudo?
¿Me
voy a quedar aquí a morir como un extraño en tierra
extraña?
¿Me
voy a quedar? ¿Y quién lo ha dicho? Volveré a la tierra
amada.
[…]
La vertiente intimista
de Fadwa la podemos encontrar en los versos que dedicó a Salvatore Quasimodo,
del que estuvo enamorada y al que dedicó el poema “No venderé su amor”:
Tengo,
poeta, en mi patria,
en
mi querida patria, un amado que me espera.
Es
de mi país. No perderé
su
corazón.
Es
de mi país. No venderé
su amor
ni
por la luna,
ni
por las brillantes estrellas,
ni
por todos los tesoros de la tierra.
La voz de Fadwa se alza
en estos versos por encima de credo religioso alguno sosteniéndose sobre un
amor a la patria comparable al que siente por su amado. El concepto y el sentimiento
de patria (watan) eran propios de la ideología nasserista que estaba
elaborándose en esos momentos y que influirá en todo el mundo árabe. Fadwa hace
uso de recursos estilísticos que acrecientan la intensidad de su amor como es
el paralelismo enumerativo y la anáfora
de los tres últimos versos que nos acercan a la cosmogonía singular que elaboró el mundo árabo-islámico.
La influencia de su
familia cristiana queda patente en el poema “Segunda oración al Año Nuevo”
dentro de su libro de poemas Danos amor (1960):
Danos
amor… Y alzaremos de nuevo
nuestro
mundo caído.
Tornaremos
la
alegría fecunda a nuestro mundo estéril.
Danos
alas, que nos puedan abrir
las
altas cumbres, para escapar
de
esta cueva asediada,
de
los muros de hierro solitarios.
Danos
luz, que traspase
las
espesas tinieblas.
Este breve poema nos
recuerda a los salmos y al famoso estribillo que se utiliza en la liturgia
católica: “Cordero de Dios, danos la paz…”. Se dirige a un ser omnisciente
pidiéndole amor, alas y luz. Es decir, una alegría por el que vivir, una
libertad para volar en vida y una visión de esperanza para contemplar la dicha.
Esta intencionada gradación se convierte en una aspiración “cuasi” mística en
donde la visión de la luz sea el colofón de una liberación ansiada. Una luz
como un despertar de la conciencia que disipe la oscuridad de acción y
pensamiento en la que vive su pueblo, subyugado por la ocupación israelí.
Tras la “Guerra de los
Seis Días” en junio de 1967 la poesía de Fadwa adquiere tintes dramáticos al
transformar su voz poética en una reivindicación literaria que abandera la
lucha de su pueblo por la liberación y la recuperación de la dignidad nacional
cercenada. De ahí su célebre poema “No lloraré” (1968) que contiene
reminiscencias claras a la poesía de la Yahiliyya, la qasida clásica y
elementos preislámicos (“escombros de las casas”, “las ruinas”). El poema es un
viaje en donde mediante interrogaciones retóricas Fadwa resalta el vacio, la
llamada sin respuesta, la ruina y el abandono en que se encuentra su pueblo:
[…]
¿Qué te han hecho los días?
¿Dónde
están los que antes
te
habitaban?
¿Has
sabido de ellos? […]
[…]Mas,
¿dónde están los sueños y el
mañana?
Y,
¿dónde,
dónde
ellos?[…]
Igual que los poetas de
la Yahiliyya nuestra autora va recorriendo los lugares y los sentimientos que
cada sitio la va produciendo. Es así como transitamos la noche y la oscuridad (“los
búhos y los fantasmas”) y los habitantes extraños que no tienen nada que ver
con los originarios autóctonos que poblaban estas tierras desde tiempos
remotos. Mediante personificaciones (“el corazón se ahogaba de tristezas”) e
interjecciones retóricas, Fadwa va creando un efecto emotivo que nos sugiere la
épica en la que está sumida la lucha del pueblo palestino. Y ella toma partido
comprometiéndose con dicha causa desde una posición de resistencia sin rencor
pero sin olvido como atestiguan los últimos versos de este poema:
[…]
Junto y lavo las lágrimas de ayer,
y
me planto, lo mismo que vosotros, en mi tierra y mi patria.
Lo
mismo que vosotros, voy sembrando mis ojos
En
la senda del sol y de la luz.
Lo físico y lo
emocional se funden en imágenes poderosas plenas de un espíritu de resistencia
activa en busca de una anhelada claridad que vislumbre la libertad y la
justicia para su pueblo. La tierra como soporte material de toma de conciencia
sobre la realidad que viven los refugiados y expatriados palestinos y como
espacio terrenal geográfico y cultural en el que se hunden las raíces más
ancestrales de Palestina.
Fadwa se unió a los
poetas de la resistencia tras la ocupación israelí de Palestina y el éxodo
masivo de los palestinos levantando su potente voz en defensa de los derechos
de su pueblo. Para ello no dudará en utilizar descripciones apocalípticas de la
realidad que vivía el pueblo palestino tras la ocupación de sus tierras. La
“poesía de la resistencia” adquirió rasgos nacionalistas identificativos del
pueblo palestino que entroncaron sobremanera con la lucha por la liberación de
Palestina. Los ecos y las voces de estos poetas sirvieron como espoleta para
continuar en la lucha de muchos refugiados. La poesía de Fadwa no surge en el
exilio sino que se cultivó en las tierras de sus antepasados junto a los olivos
y las viñas. En su poemario La noche y
los caballeros (1969) podemos escuchar el grito desgarrador de una mujer
valiente que sin tapujos describe los horrores que sufren sus compatriotas. El
poema “Palabras a mi patria” se subdivide en cinco cantos, a cual más
sobrecogedor, mostrándonos un itinerario emotivo del profundo sentir que en su
seno le produce la tragedia que vive su pueblo.
PALABRAS A MI
PATRIA
1. MI CIUDAD ESTA
TRISTE
El día en que conocimos la muerte y la traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.
Como podemos apreciar en los versos anteriores el poema comienza como una
especie de narración descriptiva en donde se nos muestra con detalles
apocalípticos el estado de shock que ha supuesto para el pueblo palestino la
ocupación israelí de sus tierras y casas. Las personificaciones se entremezclan
con imágenes cargadas de lirismo estremecedor en las que destacan fenómenos
sobrenaturales que recuerdan a hechos bíblicos. El dolor, la pena, el
sobrecogimiento, la tristeza y el ahogo son sentimientos y sensaciones que se
funden en una relación cenestésica espeluznante en estos versos. Con ello la
autora nos traslada el sentir de su pueblo que vive la realidad de sus vidas con
el corazón en un puño.
Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad;
el silencio domina mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio, que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!
En estos versos asistimos al conmovedor retrato de la
perdida que supone para los más pequeños el arrebatarle la tierra de sus
abuelos. Sin duda al citar a los niños Fadwa nos quiere mostrar la perdida de
la inocencia, de la alegría de la vida, la pureza de la infancia que su pueblo
atesoraba. No conecta en modo alguno con sensiblerías fútiles sino que su
palabra se ciñe a una realidad invivible que cercena la propia infancia. Reforzando
este desamparo alude la autora a la desnudez como desprotección ante la vida.
La depresión, el terror, el silencio tenebroso, “oscuro” se han apoderado de la
ciudad, de la vida y tan sólo el peso de la muerte enseñorea sobre la inmensa
tristeza que ha sobrevenido a su pueblo. Esta losa que ha caído sobre sus gentes
convierte el silencio en algo físico, tangible y espeso como un monte
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses,
en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!
Para finalizar este primer canto Fadwa denuncia la
quema de los campos por parte del ejército de ocupación israelí. De esta forma
su reivindicación toma fuerza sobre el hecho indiscutible de que su pueblo era gente pacífica que se
dedicaba a las labores del campo y que por tanto esa era la tierra que siempre
cultivaron. Es una realidad de facto
que revierte en la justa reclamación que por derecho tiene el pueblo palestino
sobre sus tierras. Destacar la interrogación retórica que no encuentra
respuesta y que denota la desesperación y el dolor causado ante la usurpación
de su patria. La exclamación final muestra la desesperanza que se abate sobre
los palestinos que de forma injusta se ven privados de su medio de
subsistencia: cultivar sus campos y cosechar sus frutos.
2.
LA PESTE
El día en que se extendió la peste en mi ciudad,
me eché al campo desnudo.
Abierto el pecho al cielo,
gritando desde lo hondo de las penas:
¡Arreadnos las nubes!
¡Soplad, vientos, soplad!,
y bajadnos las lluvias.
Que depuren el aire de mi ciudad,
que laven las montañas, las casas y los árboles.
¡Soplad vientos!... ¡Arread los nubarrones!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!
Los versos anteriores se asemejan a la descripción de
una plaga bíblica que asola todo a su paso. La plaga a la que hace alusión es
sin duda la ocupación del ejército israelí. Frente a esta usurpación Fadwa
muestra con desgarro como su pueblo, sin nada, “desnudo”, es capaz de hacerles
frente mostrando lo único que les queda: su pureza ante el mundo y la vida
(“abierto el pecho al cielo”). Esta
imagen denota la valentía de su pueblo pero también nos retrotrae al imaginario
colectivo del mártir que da su vida por sus creencias inquebrantables. El
rosario de interjecciones retóricas que emplea la autora nos sirve para
diseñarnos una especie de rito ancestral de invocación a la lluvia. Son
reminiscencias de un hecho taumatúrgico que ensalza el poder purificador del
agua, de la lluvia y de los vientos. Esta petición a los cielos de los
elementos esenciales para la vida de una forma reiterada se convierte en un
grito desesperado que clama justicia y libertad.
3.
A G. H. EN
NUESTRA CITA
Extraño
amigo mío...
Si
pudiera llegarte como ayer.
Si
asesinas serpientes
no
hubieran alborotado todos los caminos,
cavando
tumbas para mis gentes y mi pueblo,
sembrando
muerte y fuego.
Si
no hubiera regado la derrota la tierra de mi patria
con
piedras vergonzosas, injuriantes.
Si
este corazón que tú conoces
fuera
el mismo que ayer,
y
no sangrase por la puñalada.
Si
hoy, amigo mío, como ayer,
pudiera
envanecerme de mi gente,
de
mi casa y mi fuerza,
ya
mismo me tendrías a tu lado.
Amarrando
a las playas de tu amor el barco de mi vida.
Y
seríamos igual que dos pichones.
El
comienzo del canto tres dirigido a un amigo denota la apuesta decidida de Fadwa
por la resistencia palestina. Tras el desastre del 67 nuestra autora dio un
giro a su poesía, ya había publicado cuatro colecciones poéticas, dando paso a
una defensa a ultranza de su pueblo y de su patria. Busca la victoria sobre los
usurpadores y no se resigna al destino cruel que le ha tocado vivir a su
pueblo. En los versos anteriores nos muestra la aniquilación que vive su gente
(“cavando tumbas para mis gentes y mi pueblo”). Las casas impuestas en los
asentamientos israelíes son “piedras vergonzosas, injuriantes” que minan la
perseverancia del pueblo palestino al reclamar sus tierras arrebatadas. La
ocupación de Palestina es una traición
para su pueblo (“sangrase por la puñalada”) que los hunde en la tragedia
y la desesperanza. Esta estrofa la resuelve Fadwa con un guiño a su pasado
poético más lirico, en donde el amor ocupaba su sentir y su declamación, por
medio de una imagen plena de exquisita belleza (“Amarrando a las playas de tu
amor el barco de mi vida”). El amor es un sentimiento que no puede ser ubicado
y que para Fadwa se asemeja a las playas donde el océano descansa y se entrega.
La vida es así el barco que navega por el mar que sólo puede encallar en el
corazón del enamorado.
4.
EL DILUVIO Y EL
ARBOL
El
día en que el diabólico ciclón se propagó tiránico.
El
día en que costas salvajes arrojaron
el
oscuro diluvio
contra
la tierra buena y verde,
gritaron
(y a través de los aires, sus “albricias”
resonaron
por todas las agencias):
Ha
caído el árbol.
El
poderoso tronco está aplastado.
Ya,
ni un asomo de vida para el árbol
dejó
la tempestad.
La
ocupación sionista es el mismo diablo en palabras de Fadwa Tuqán que no duda en
describir un escenario apocalíptico con reminiscencias al diluvio universal
para resaltar la dimensión destructora del ejército israelí. Frente a este
quehacer devastador nuestra autora destaca los valores de su pueblo anclados con profundas raíces en la tierra de
sus antepasados. No son gratuitos los términos “tierra buena y verde”, “el
árbol”, “el poderoso tronco” alusivos a la bondad, la fertilidad y la vida en
comunidad del pueblo palestino. Estos atributos son los que sistemáticamente
niegan los israelíes al argumentar que los palestinos no han tenido nunca una
identidad nacional. Contra este postulado Fadwa contraataca con rotundidad
haciéndonos ver que la misma tierra palestina “buena y verde” es el valor que
legítima las reivindicaciones de su pueblo.
El
árbol ha caído...
¡Perdón,
rojos arroyos!
¡Perdón,
raíces regadas
con
el vino que sangran los cadáveres!
¡Perdón,
raíces árabes,
hundidas
como rocas en la entraña,
y
que cada vez más os entrañáis!
La
alusión a la tragedia del pueblo palestino como “el árbol ha caído…” es
manifiesta y queda subrayada con el color rojo en alusión a la sangre vertida
que ha teñido “rojos arroyos”. Es digna de mención la cita a las raíces árabes
del pueblo palestino como un eslabón identificativo de la comunidad
lingüística, social y cultural que representa este pueblo antiguo que a su vez
comparte un destino común.
El
árbol se alzará.
El
árbol se alzará, y sus ramas,
al
sol, irán creciendo;
en
risas verdeciendo, y en hojas,
cara
al sol.
Y
el pájaro vendrá,
no
tiene más remedio que venir.
El
pájaro vendrá.
El
pájaro vendrá.
Fadwa
proclama el levantamiento del pueblo palestino sobre la fatalidad de su
destino. Hemos pasado en estas tres estrofas del “oscuro”, bien podría ser el
negro, al rojo y ahora al verde. Sin duda este transito crematístico nos
sugiere un aliento de esperanza que Fawda determina para su pueblo. Desde el
negro al verde hay todo un itinerario de libertad y de resurgimiento. Si el
negro puede ser signo de la muerte y el rojo del dolor y la tragedia; el verde
se da por la luz y el agua que en acción sobre la tierra crean verdor y vida.
Todo el cantico cuatro es un rayo de esperanza con referencias bíblicas ya que
tras el diluvio vendrá la paloma al arca de Noé (“el pájaro vendrá, El pájaro
vendrá”) en un sortilegio al destino cruel de los palestinos para que traiga la
paz y la dicha. De esta forma se pone fin al fatalismo y se da paso a la recuperación
de la ilusión.
5. SIEMPRE VIVO
Querida
patria, no.
A
pesar de todo lo que gire, en la estepa sombría,
sobre
ti, la piedra del dolor.
No
podrán, amor nuestro,
arrancarte
los ojos.
No
podrán.
En
estos versos Fawda muestra la ocupación de las tierras palestinas como un
rodillo que todo lo arrasa. Igual que
hace la piedra de molino machacando la aceituna para extraer su savia. Aquí
nuestra autora se dirige directamente a su “patria” en un desolador acto de
amor aderezado con sensaciones y sentimientos que podrían hasta sentirse en el
propio cuerpo. Es decir que la tierra palestina como cuerpo físico y sus gentes
como ojos de luz y vida conforman la patria por la que Fadwa siente un amor
insondable.
¡Qué
estrangules los sueños, la esperanza!
¡Que
claven en la cruz
la
libertad de construir y trabajar!
¡Que
nos roben las risas de los niños!
¡Que
quemen!
¡Que
destruyan!...
De
la propia miseria.
De
nuestra gran tristeza.
De
la sangre pegada en nuestros muros.
Del
temblor de la vida y de la muerte,
surgirá
en ti la Vida nuevamente.
¡Tú,
vieja herida nuestra!
¡Dolor
nuestro!
¡Nuestro
único amor!
Las
reminiscencias cristianas de la Resurrección mística de Cristo son fehacientes
en los versos anteriores. Prácticamente toda la estrofa son interjecciones
retóricas que proclaman el grito descomunal que Fadwa alza hacia sus gentes y
su tierra. Estas exclamaciones se refuerzan con anáforas intercaladas que
intensifican la llamada instigadora del compromiso activo de la poetisa. Nada
puede parar a Fadwa, ni siquiera la sangre de los fusilados (“sangre pegada en
nuestros muros”) y menos aún el miedo ante la muerte (“temblor de la vida y de
la muerte”). Canta de esta forma a la victoria y cree en ella sin desaliento
tanto como mujer, como esposa o como madre. El amor a su patria y a su pueblo
que lucha en el espasmo y el dolor es incondicional.
Fadwa
Tuqán dedicó media vida a cantar al amor y la otra media a luchar por el amor a
Palestina. Lo hizo de forma rabiosa y sin tabúes, armada con el valor de la
palabra honda y precisa, como el bisturí pulido que disecciona la herida. Su
compromiso fue inquebrantable. Sin altisonancias ni alhacaras acuno a su pueblo
eludiendo el temblor y el desaliento. Nos dejo plasmado el latido de su corazón
con una voz poderosa y firme que incidía en el profundo sentido de la
reivindicación palestina.
A
esta lucha sin cuartel contra la ocupación israelí se une su permanente apuesta
por los derechos de las mujeres árabes en un mundo eminentemente patriarcal.
Todo ello lo reflejó en su poesía en la que se engarzan esos supuestos con los
aspectos reivindicativos del pueblo palestino. Y sin menoscabo de una creación
artística genuina y una voz tan particular como delicadamente expresiva. La
emoción y la pasión que desprende su poesía están expresadas con una
inteligencia sutil. El sentido profundo de la palabra cobra espíritu vivo a
través de Fadwa al dar prioridad a sus principios. Su legado es el testimonio
más sobrecogedor del sufrimiento de su pueblo como una comunidad milenaria con
profundas raíces en la tierra que ha visto usurpada.
Sus
versos nos comprometen a todos por el hecho de que la justicia universal no
tiene fronteras. Su clamor nos llena de vida y esperanza a la vez que despierta
nuestra conciencia. Ella abandera la lucha de un pueblo humillado que anhela
ver algún día liberada su patria: Palestina. Allí descansan sus restos pero no
su palabra que sigue transitado el tiempo y el espacio generación tras
generación hasta llegar a nuestros días fresca y vivaz :
Me
basta con morir encima de ella,
con
enterrarme en ella.
Bajo
su tierra fértil disolverme, acabar,
y
brotar hecha yerba de su suelo.
Hecha
flor, con la que acaso juegue
la
mano de algún niño crecido en mi país.
Me
basta con seguir en el regazo de mi tierra:
Polvo,
azahar y yerba.
viernes, 13 de abril de 2012
Ante todo, Yuha.
Ante todo, Yuha.
La existencia de Yuha como personaje real o de leyenda ha transitado a lo largo del tiempo desde la cuentística árabe popular hasta la metodología de enseñanza sufí, pasando por la más aguda reflexión filosófica que cualquier ideología o pensamiento teológico pudiera plantearse en su cuestionamiento perpetuo sobre Dios y el hecho religioso. Las historias divertidas o mordaces, ingenuas o sagaces, simples o ingeniosas de Yuha son conocidas en el orbe islámico desde siempre. Generación tras generación han sido transmitidas de forma oral, por un lado en el ámbito familiar y por otro de forma singular en afamados círculos académicos. Un personaje, Yuha, que no puede ser ubicado en lugar o época alguna ya que es reconocible al unísono y de forma atemporal en diversos polos distantes de la propia geografía oriental.
Las enseñanzas de Yuha muestran de forma unívoca las necedades y los aciertos sublimes del ser humano en sus tribulaciones diarias y en su deambular por la existencia de sus vidas. Encontramos en las historias de Yuha, cómo lo absurdo puede alcanzar el más alto grado de estupidez humana y como el más sencillo ejercicio de sentido común aplicado a la toma de decisiones, puede alumbrar los oscuros vericuetos del quehacer humano. Como bien indica Clara Mª Thomas sobre Yuha: “un anti-héroe” o “tonto-pícaro” en el estudio que nos ocupa, Sonriendo con Yuha, es el más fino humor el que se abre paso entre la maraña de incongruencias y descalabros que las andanzas de Yuha nos transmiten. En algunos casos me atrevería a denominarlos “quijotescos” o si se me permite “sanchuescos” (Martinez Montavez lo llama “sancho-pancesco), por aquello de la afinidad parental equina. Sin embargo, Yuha elude toda clasificación estereotipada que se le pueda aplicar. Diríamos que es inclasificable en cualquier concierto ya que sus historias descoyuntan toda articulación aplicable a un análisis textual o reflexión conceptual que pudiese equipararlas a un género concreto. El propio Yuha se encarga deliberadamente de que esto sea así pues cuando creemos haberlo apresado nos desconcierta con una historia que desmonta todos los pormenores analíticos efectuados.
El personaje de Yuha es reconocido en Asia Central con el nombre de Nasruddin, un mula, imam o juez que con su inseparable burro, a veces más astuto y sabio que el propio Yuha, va recorriendo las estepas y ciudades de la Ruta de la Seda. En alguna de ellas, como la mítica Buhara en Uzbekistán, ocupa un lugar destacado en la iconografía plástica escultural de la plaza central de la ciudad junto a un estanque. Todos los niños de la ciudad lo disfrutan jugando entre las patas de su borrico o subiéndose a las barbas del propio mula quien sonriente saluda a todos los paseantes con su mano derecha sobre su corazón. La leyenda se abre paso, según Clara Thomas, cuando en el imaginario colectivo se le llega a atribuir al propio Yuha la hazaña de liberar al Jurasan del belicoso Tamerlán.
El hecho singular de Yuha es que sus relatos son de autor anónimo o por lo menos de distintos autores sin que hasta el momento se haya podido identificar con certeza a un autor concreto. Muchas de sus historias incorporan tradiciones de distintos pueblos y civilizaciones que a lo largo del tiempo han pervivido desde el Mediterráneo al Índico, desde las estepas de Asia Central al Cáucaso y desde la curva del Níger a la Península Arábiga. En todas partes se han intentado apropiar de su identidad y parentesco, amén de situarlo como convecino y lugareño sin que por ello sus historias hayan sufrido cambio alguno pues muchas de ellas son de igual forma reconocibles en lugares dispares en el espacio y el tiempo. Como señala Clara Mª Thomas tanto en Alepo como en Egipto, en Fez o en La Meca es reivindicado como suyo e incluso algunos “…admiradores incondicionales afirman que está enterrado cerca de los pozos de Zem-Zem…” (pág. 2).
El personaje de Yuha es tan popular en el mundo arabo-islámico que sus historias forman parte de la metodología estudiantil de las escuelas de primaria e incluso en el ámbito universitario es muy socorrida su utilización como manual de enseñanza para el aprendizaje de la lengua árabe. Lo cierto es que las excentricidades o hazañas de Yuha contienen en muchos casos una sapiencia moral de aplicación práctica válida para todo ser humano, sin distinción de género o condición social, ya que están impregnadas de una reconocida sabiduría que incita a la reflexión pausada.
Sin embargo el personaje de Yuha para Clara Mª Thomas ha sufrido transformaciones, desde un ser ingenuo, un hombre sagaz que hace frente a jueces, imames, poderosos, hasta un”…hábil parásito que se finge tonto para chasquear a los demás…un fanático agitador que incita a los pobres a rebelarse contra los ricos…; o un propagador de falsas ideas sobre Oriente o el Islam” (pág. 3.) Sea como fuere, Yuha no ha dejado indiferente a nadie a lo largo del tiempo y si ha perdurado hasta nuestros días es precisamente por la combinación esencial de elementos tan reconocibles en nosotros que muchas veces ni nos damos cuenta de que los tenemos. Nos identificamos, incluso de forma inconsciente y a nuestro pesar, con muchas de las situaciones vividas por Yuha, no por afinidad con el personaje sino más bien por reflejo contrapuesto de lo que no queremos reconocer en nosotros mismos. Podríamos aplicarnos a modo de etiqueta, como tanto gusta en occidente, si nos mirásemos en un espejo, las tres categorías que Abbas Mahmud al-Aqqad en su ensayo Yuha, el risueño gracioso aplica a las anécdotas del propio Yuha: a) “[…] muestra su estupidez y simpleza”; b) “[…] finge estupidez y simpleza […]” y c) “[…] muestra su ingenio y sagacidad […]” (pág. 3). Cada uno de nosotros en algún momento de su existencia se ha decantado por alguna de estas opciones de comportamiento ante los demás y podríamos decir, hasta con uno mismo, sea de forma consciente o inconsciente.
El estudio de Clara Mª Thomas recoge una somera selección de historietas de Yuha que son subdivididas en los siguientes epígrafes:
- Anécdotas propias de Yuha primitivo, donde se muestra su ingenio y simpleza.
- Anécdotas en las que Yuha se presenta como un “tonto-pícaro”, que finge estupidez y simpleza para sacar provecho o burlar a sus interlocutores.
- Anécdotas en las que Yuha muestra su ingenio y sagacidad para no ser engañado, o para dar una lección al poderoso o evitar que le perjudique, entre las que abundan las referidas a Tamerlán.
- Yuha y su relación con su familia, sus esposas o hijos.
- Yuha en su relación con los niños, los convecinos y los amigos.
- Yuha y su burro.
- Yuha y sus relaciones con personajes poderosos como un sultán, un notable o un cadí.
- Los múltiples rasgos de personalidad de Yuha, como su ingenuidad, su cobardía, su fanfarronería, su trapacería, su astucia o la agudeza de sus sentencias.
- Yuha como predicador, filósofo, consejero o juez.
- Yuha y la religión.
- Yuha ante la muerte.
Como puede apreciase en la anterior relación no hay apartado social, político o religioso donde Yuha no pueda transpolar sus opiniones a través de los hechos de su vida, reales o imaginarios, que son los mismos que pueden ocurrirnos a todos. Sin embargo, a través del prisma de la sabiduría de Yuha, estos hechos cobran un halo luminoso que provoca en nosotros la admiración y la certeza de la comprensión por medio de la reflexión. Con ello podemos desvelar un alumbramiento trascendente que a través de lo simple consigue llega a trastocarse en sublime. Es así como Yuha muestra a todos por igual sin selección de linaje o casta enseñándonos que tanto a poderosos, jueces, teólogos o comerciantes adinerados se les puede dar lecciones de justicia y moralidad que los equipare al común de los mortales. De ahí sobreviene a mí entender el gran éxito de las historias de Yuha, en que equipara a todos bajo una justicia y moralidad humana “…más fiel a la ley coránica...” como dice Delais en el estudio que estamos analizando (pág. 16), que la que puede aplicar cualquier lego jurista o teólogo al uso.
En el terreno de la cuentística popular la figura de Yuha correspondería al anti-héroe por excelencia aunque en algunos casos y sobre todo en las anécdotas en las que se enfrenta a los poderosos, socialmente hablando, pueda ser encumbrado a la categoría de héroe. Esto sin duda es lo que imprime a las historias de Yuha el carácter humorístico que singularmente las caracteriza y que sin esa peculiaridad no se reconocerían como tales. La fina ironía y el chascarrillo gracioso son las claves constantes que ha precedido a su enorme éxito y por tanto a su inmortalidad. Los disparates de Yuha destilan una filosofía pragmática en muchos casos que es tan apabullante que no se puede decir más con menos palabras y de forma tan ejemplarizante. De ahí su popularidad y enorme difusión en el imaginario colectivo oriental consiguiendo con ello integrar a lo árabe, persa, turco y demás pueblos del orbe musulmán sin distinción étnica o ideológica alguna.
Destacar por último que la indiscutible sencillez de Yuha desprende una humanidad que a todos nos atrae, ya que vemos en él a uno de los nuestros, es decir, un hombre del pueblo que nos contagia risa y alegría hasta el punto de mofarnos de nosotros mismos y de los demás, sobre todo de los “inaccesibles”, los poderosos, los teólogos y juristas que tanto desean imponer normas y comportamientos morales de muy dudosa condición. Desde la Ruta de la Seda y la Ruta de las especias ha cabalgado Yuha a lomos de su borriquillo hasta llegar a nuestros días fresco y vivaz como muestra la siguiente historia:
Yehá y el gallo.
Un día entró Yehá en un aduar para robar un gallo. Desde que puso su mano sobre él, el gallo comenzó a escandalizar. Entonces, un hombre del aduar que lo había oído salió de la tienda, se aproximó a Yehá y le preguntó: “Y bien Yehá, ¿qué haces ahí?” Y Yehá le contestó inocentemente: “Ya lo ves, enseño a cantar a tu gallo” (García Figueras, 1989: nº 258). (Pág. 5).
lunes, 2 de abril de 2012
La Historia de los Árabes. Albert Hourani. Reseña.
LA HISTORIA
DE LOS ARABES.
ALBERT HOURANI.
El surgimiento de una nueva civilización es uno de los episodios más apasionantes que la historia humana puede concebir. Máxime cuando esa nueva realidad emerge en un mundo antiguo cargado de leyendas y epopeyas. Una incipiente realidad social y religiosa que dará cabida a una nueva cultura en todas sus manifestaciones políticas, sociales y teológicas. Un poder nuevo en un mundo antiguo que desde el siglo VII sigue haciendo historia. Ésta no es solo la de un pueblo, lingüística y étnicamente hablando, sino que forma parte indisoluble de la historia universal de la humanidad. Y en esta universalidad podemos encajar el libro de Albert Hourani que nos ocupa, ahora bien, no solo como una historia de los pueblos árabes, sino más bien como un engranaje más del curso de la historia de los pueblos islámicos. En realidad, el componente árabe es un eslabón acotado a una extensión geográfica y lingüística delimitada para lo que ha sido y es el predominio de la influencia islámica. Esta nueva doctrina (el Islam), acarrea inicialmente a un pueblo concreto (árabe), que habla una lengua especifica (árabe) y cuya expansión inicial coincide con el de las tribus árabes que consiguen aupar un habla coloquial a una lengua culta de prestigio. El Islam ha extendido sus ramificaciones a muy diversos pueblos y razas como así lo atesora el propio libro en cuestión y como queda plasmado en su temática al encontrarnos amplias referencias a Persia y el Imperio otomano. Este hecho es signo ineludible de la propuesta divulgativa de Hourani que se ha atrevido a amalgamar trece siglos de historia en un volumen relativamente reducido. Y lo ha hecho sobre una vasta base de investigación bibliográfica sin menospreciar hecho relevante alguno y atendiendo al quehacer historiológico heredado de su declarado maestro Ibn Jaldún. La ciencia histórica que elaboró este erudito musulmán del siglo XIV no se contentaba con la simple reproducción de los acontecimientos sino que aspiraba a profundizar en los procedimientos del desarrollo social y las particularidades que caracterizan a la sociedad humana. A este dedica el prologo de su libro en una más que confesa pretensión de lo que luego desgranará a lo largo de esta obra: el mostrar la historia no sólo atendiendo a los hechos en sí, sino también a las causas y consecuencias que éstos provocan en el quehacer histórico de la civilización islámica. Tal acervo cultual y sapiencial acarrea un material de una magnitud desbordante que en manos de Hourani ha sido magistralmente sintetizado con criterios selectivos y ecuánimes. De esta forma nuestro autor despliega todo el proceso histórico que hasta nuestros días significa lo árabe y el orbe islámico. Y lo hace con un estilo clarificador, desgranando una base semántica de contenido que alberga lo histórico, lo político, lo literario, lo sociológico, lo místico, lo artístico, lo filosófico e incluso lo lingüístico de la civilización islámica. Conocer este mundo de la mano de Hourani se convierte en una aventura sin igual al ofrecernos todo su ingente conocimiento sobre el tema pero ya tamizado por un especialista capaz de convertir lo árido en ameno. De esta manera se dirige a todo tipo de público incluido el erudito académico al que también recompensa con creces. Aquí encontramos uno de los aportes más apreciados del libro al elevarse de lo divulgativo a lo científico y viceversa, con el rigor de toda investigación que por su valor indiscutible aúpa a su autor al grado de autoridad en la materia.
Albert Habib Hourani (1915 – 1993) nació en Manchester de padres libaneses y se formó en Oxford. Desarrolló su carrera de docente en la Universidad Estadounidense de Beirut y llegó a ser Catedrático de Historia Moderna de Oriente Próximo en Oxford por lo que ha desarrollado una intensa actividad académica. Especialista en las relaciones culturales entre el mundo árabe y occidente llegó a ser el primer director del Middle East Centre. En esta obra que estamos reseñando elabora una síntesis histórica del mundo islámico sin caer en reduccionismos que pudiesen minimizar coyunturas concretas de suma importancia en el desarrollo de los acontecimientos. La temática narrativa que presenta Hourani se traduce en cinco grandes apartados con sus correspondientes capítulos en una exhaustiva exposición cronología que alcanza hasta la última década del siglo XX.
El primer apartado que lleva por título: La formación de un mundo (siglos VII a X), corresponde a esa fase inicial de surgimiento de una nueva realidad social, política y religiosa de enorme vitalidad en todos los ámbitos. Hourani deslinda en sucesivos capítulos los elementos étnicos, lingüísticos y religiosos que van a configurar el nuevo devenir histórico de la Península Arábiga. La expansión de los árabes es un proceso continuo permanente que se remonta a etapas preislámicas en las que las migraciones son más bien de grupos nómadas pero que ahora con el advenimiento del Islam van a romper todos los estereotipos para trascender fronteras y civilizaciones. Y es que a pesar de la fragmentación política que ha ido acompañando a la civilización islámica, el Islam generó componentes culturales que agruparon a todo el mundo musulmán y no musulmán.
En el segundo bloque, Hourani analiza los elementos culturales y sociales de la civilización islámica durante los siglos XI al XV. El denominado periodo clásico del Islam había llegado a su fin y aunque su apogeo político había concluido, las manifestaciones culturales continuaban con gran pujanza. Muy en particular en las ciudades árabes, persas y turcas donde van a comenzar a cimentarse los Estados y la consolidación de las dinastías. El sentimiento de poseer ancestros comunes fomentaba la unidad de un grupo que podía contar con innumerables partidarios incondicionales con los que creaban lazos de dependencia incrementando así su dominio y poder.
La tercera parte del libro se extiende en los pormenores que dieron cabida al surgimiento del Imperio Otomano y su consolidación como quizás la última gran expresión de la civilización islámica. Siempre entendida en cuanto a una unidad política en evolución pero a la vez organizada y estable que dominaba sobre una gran extensión geográfica y que alardeaba de un dominio militar incontestable. Conviene recordar la gradual transformación que la dinastía otomana sufrió al transformarse sus jefes tribales de gobernantes a visires e incluso elevarse al grado de sultanes. La expansión que alcanzó el Imperio Otomano conllevó un aumento de los territorios conquistados que expandió el Islam hasta las mismas puertas de Centroeuropa. Los árabes habían quedado relegados como etnia dirigente y son los turcos los que se hacen con el poder convirtiendo su idioma en la lengua administrativa incluso en la periferia.
En el cuarto bloque que lleva por título: La época de los imperios europeos, Hourani se extiende en narrar las consecuencias nefastas que para el mundo árabe supuso la colonización europea. El expansionismo europeo propició la repartición de África en diversas colonias que se tradujo en la separación entre Egipto y el Magreb por un lado y los países del sur de África por otro. Hourani analiza las consecuencias nefastas que para esta región supusieron estos hechos que aún hoy persisten, aunque apunta la posibilidad de un desarrollo, modernización y educación de la que pudieron favorecerse los pueblos árabes gracias al proceso colonizador. Los pueblos árabes obtuvieron su recompensa en un cambio de vida en las ciudades con los gobiernos reformistas y la nueva élite comerciante, terrateniente e ilustrada que propició el surgimiento del nacionalismo y el fundamentalismo árabe. Interpreta Hourani que todos estos movimientos se producen por una crisis de identidad del mundo islámico que conduce a las clases dirigentes a buscar en los modelos occidentales la solución a su decadencia. En ningún caso se opta por renunciar a un orden religioso incuestionable sino que se aboga por abrirse al mundo mediante el aprendizaje de idiomas, la refundación del sistema educativo y el enriquecimiento de la lengua y la literatura árabes en contenidos y géneros literarios.
La quinta unidad temática está referida a la formación de los Estados-nación a partir de 1939, las repercusiones que la Segunda Guerra Mundial produjo en el mundo islámico, la nueva independencia de las naciones, la culminación del arabismo, el surgimiento del nasserismo y la unidad y desunión de los árabes a partir de las crisis de 1967 y 1973. Es cierto como señala Hourani que la rivalidad ha sido la constante entre los nuevos estados surgidos a raíz de la descolonización europea. Y no menos veraz es que el concepto de arabismo ha sufrido innumerables revisiones y controversias a lo largo de estas décadas. Igualmente en este periodo de la historia del mundo islámico el modelo político está en permanente cuestionamiento donde las ideologías de signo fundamentalista radical se van abriendo paso y se incorporan a la vida social y política.
Como hemos señalado anteriormente en esta narración pormenorizada de la historia del mundo islámico predomina el análisis de la cultura y la sociedad dejando en un segundo plano la historia política. De forma deliberada Hourani nos guía a una conceptualización de la realidad del mundo árabo islámico que no se entendería sin la hipótesis de la existencia de una simbiosis que incorpora a todos a un destino común. Una historia que en sus albores había sido la de un reducido grupo de hombres nómadas y aislados. El título del libro nos da una pista a seguir que ya matizamos al inicio de estas páginas y es que por encima de aquellos que defienden un panarabismo a ultranza está el vínculo histórico, religioso e idiomático que otorga realidad y unidad histórica al mundo de los árabes. Una realidad indisolublemente unida a la propia evolución del Islam a lo largo de toda la tradición que se quiera o no, se ha visto reinterpretada en múltiples ideologías, escuelas legislativas y de jurisprudencia, manifestaciones místicas y formas de pensamiento islámico diversas y contrapuestas. Y a todos estos aspectos dedica Hourani su espacio y su tiempo en este libro de forma minuciosa y con gran lujo de detalles sin prescindir de la vida en sociedad, el gobierno, la administración, los estados y como dijimos, las dinastías. Esta compleja exposición temática se ve complementada con una compilación de mapas que reseñan las diferentes fases de la civilización islámica, las zonas geográficas que abarcaron, los detalles de determinadas zonas de capital importancia en la historia del Islam e incluso las zonas de influencia de dinastías concretas. Todas ellas también son especificadas en tablas adjuntas que además pormenorizan al detalle la familia de Muhammad, una enumeración de los imames si’ies, una relación de los Califas y las familias gobernantes en los siglos XIX y XX. Hoy en día la historia de los árabes se sigue escribiendo con una variedad y un empuje admirables y si podemos comprenderla mejor es gracias a la claridad expositiva y la notoria erudición de obras como la de Hourani que se ha acercado a este mundo inigualable sin prejuicios de ningún tipo. La transparencia del texto y su tono didáctico han conducido el quehacer narrativo de Hourani en un intento unificador por abarcar la totalidad del hecho árabe. Esta realidad étnica ha trascendido sus límites geográficos para convertirse en una sociedad humana con estructurales sociales y culturales como ya dijimos, universales. Su relación con la Trascendencia ha organizado el mundo común de los pueblos árabes, quienes perseguían organizarse en un tiempo y un espacio determinado, regulando su vida personal y comunitaria en torno a principios éticos y religiosos revelados. Si consideramos que transmitir la Revelación es crear la realidad como así lo atestiguan los creyentes musulmanes tendríamos que considerar a Hourani como un eslabón más de esta tradición. Su libro se insertaría en esta cadena histórica ya que hacer historia también es difundir a las generaciones futuras no solo los hechos del pasado sino las correlaciones intrínsecas que éstos producen. El mundo arabo islámico se hace más permeable a través de la visión ecléctica y por qué no decirlo, metodológica que el autor de “La historia de los árabes” nos propone. Esta intención de llegar a un público más amplio reconforta a todos, pues sumada a su visión occidental encontramos la minuciosa erudición que Hourani atesora. Los sucesos en torno al mundo musulmán, de tanta actualidad hoy en día, encuentran su fundamento en muchas estructuras del pasado árabe que se han ido conformando en una identidad comunitaria que dura ya más de mil años. Por todo ello esta obra resulta fundamental para comprender tanto el pasado como el presente del mundo islámico.
BIBLIOGRAFIA Y ENLACES DE INTERÉS.
Blachère, Histoire de la littèrature Arabe, Volumen I, Paris, 1980.
Cahen Claude, “El Islam. I. Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio otomano”, Siglo XXI Editores, s.a., Madrid, 1995.
Caskel, W, Al-‘Arab, Encyclopaedia of Islam, Second Edition, http://0-www.brillonline.nl.fama.us.es/subscriber/uid=1702/entry?entry=islam_COM-0058
El Corán, Edición de Julio Cortés, Editorial Herder, Barcelona, 1992.
Grunebaum, G.E. Von, El Islam. II. Desde la caída de Constantinopla hasta nuestros días, Siglo XXI de España Editores, S.A., Madrid, 1992.
Hourani, Albert, La Historia de los árabes, Ediciones B.S.A., Barcelona, 2010.
Jaldún, Ibn, Introducción a la Historia Universal (Al-Muqaddimah), Fondo de Cultura Económica, México, 1977.
Martín Muñoz, Gema, El Estado Árabe. Crisis de legitimidad y contestación islamista, Ediciones Bellaterra 2000, Barcelona, 1999.
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